Quiero contarte algo que veo todos los días en los procesos de acompañamiento que ofrezco y que, honestamente, me llama la atención lo que la sociedad, los padres y la desinformación, puede generar en los jóvenes.
Se supone que elegir carrera debería ser un momento emocionante, mágico y único. Ya que es el primer gran mapa de un tesoro por descubrir, por construir y por trazar. Una puerta que se abre de par en par, pero para la mayoría de los jóvenes hoy… no se siente así. Se siente como ansiedad, como una pesada mochila de expectativas, de frustraciones y miedos por, ¿y ahora qué sigue?, es como un miedo paralizante a dar el paso "equivocado".
Y los entiendo perfectamente. A los 15, 16 o 17 años, cuando apenas están descifrando quién eres o quién quieres ser, les lanzamos las preguntas más pesadas del mundo: "¿Qué vas a ser el resto de tu vida?", "¿A qué te quieres dedicar?", "¿Por qué quieres esa carrera?", "¿pagan bien?", "¿Crees que puedas con ese plan de estudios?", "¿No había otra opción?"
Ahí es donde empieza el cortocircuito. La mayoría elige desde la prisa, desde la tradición familiar de "en esta casa todos somos abogados", o desde el pragmatismo frío del "esto es lo que deja dinero", o el error más común, el test psicométrico me dijo que esa era la carrera perfecta para mí, la presión sobre como trazar su futuro se puede aterrizar en una decisión que eligió alguien más y carece de todo sentido de orgullo y pertenencia.
En México, más del 40% de los estudiantes abandona la universidad en los primeros semestres. Y no es falta de capacidad. No es falta de ganas. Es que intentaron caminar por un sendero que no era el suyo.
A nivel mundial, casi la mitad de los universitarios cambia de carrera al menos una vez. No es que los jóvenes estén "fallando". Es que, como sociedad, los estamos dejando solos en el momento en que más necesitan un guía, no un juez.
Cuentan que un joven caminaba por la playa al atardecer. Estaba abrumado porque tenía que elegir un rumbo para su barca, pero el mar se veía inmenso y él se sentía demasiado pequeño.
Se encontró con un viejo pescador que reparaba sus redes y le preguntó: — ¿A dónde quieres ir? — No lo sé —respondió el joven—. Todos me dicen que elija rápido, que el tiempo corre, pero no sé qué camino tomar.
El pescador sonrió con calma y le dijo: — Cuando yo era joven, también esperaba que alguien me dijera hacia dónde remar. Pero luego aprendí a escuchar al faro. — ¿El faro? —preguntó el joven extrañado—. ¿Él te dice a dónde ir? — No. El faro no te dice a dónde ir, pero te recuerda dónde estás. No te empuja, pero te ilumina. El faro no decide por ti, pero te permite ver los obstáculos y las corrientes para que tú, y solo tú, elijas tu propio camino.
Por primera vez en mucho tiempo, el joven dejó de sentir prisa. Sintió claridad.
La psicología lleva décadas dándonos las llaves para este proceso, pero rara vez las usamos en la orientación vocacional tradicional:
Carl Rogers nos enseñó que las personas solo florecen cuando se sienten escuchadas sin ser juzgadas. Sin ese espacio seguro, elegimos para defendernos de los demás, no para crearnos a nosotros mismos.
Martin Seligman demostró que el éxito no viene de corregir debilidades, sino de potenciar fortalezas. Elegir carrera sin conocer tus talentos naturales es como intentar navegar sin mapa.
Mihaly Csikszentmihalyi describió el estado de "Flow": esa sensación de que el tiempo vuela cuando haces algo que amas. Una carrera bien elegida es la que te permite entrar en ese estado una y otra vez.
La conclusión de los expertos es clara: la claridad no nace de un examen de opción múltiple, nace del autoconocimiento acompañado.
No necesitan un test de 20 minutos que les diga "eres bueno para las matemáticas". No necesitan que sus papás elijan por ellos para asegurarles un futuro que quizás no los haga felices.
Necesitan:
Un espacio donde sea válido dudar.
Herramientas para descubrir qué los hace vibrar.
Acompañamiento humano, no consejos basados en el miedo.
Una metodología que conecte quiénes son hoy con quiénes quieren ser mañana.
Por eso creamos TRAZÚLA, no es un taller más, ni una fórmula mágica. Es un faro.
Es un ecosistema de acompañamiento vocacional donde combinamos la psicología positiva, la metodología apreciativa y el diseño de vida (Life Design). No le decimos al joven qué hacer; lo acompañamos a que él mismo descubra sus fortalezas reales y conecte con su propósito.
Acompañar a los jóvenes en este proceso es el mejor regalo de independencia y confianza que la familia puede dar. Porque cuando un joven encuentra su faro, ya no necesita que nadie le diga hacia dónde remar: él mismo toma el timón.
¿Empezamos a trazar el camino?
Publicado: 17-04-2026
Autor: Equipo Trazúla